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Creer | 4º de Cuaresma

ENCUENTRO NOCTURNO

1.- Lo que os diré para empezar, mis queridos jóvenes lectores, no forma parte del contenido doctrinal del fragmento evangélico de la misa de hoy. Pese a ello, creo que os puede interesar, sin llegar a la ironía del dicho aquel: aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…

2.- Si vais al inicio de la narración, veréis que Juan dice que Nicodemo formaba parte del conjunto de intelectuales fundamentalistas, los fariseos, de profesión liberal, magistrado, y, por noticias posteriores, tenía una buena situación económica y política. Recordad que intervino en el Sanedrín, citando oportuna jurisprudencia y que, con José de Arimatea, acudió al mismo gobernador romano, solicitando el cuerpo de Jesús, lo consiguió y adquirió perfumes para embalsamarlo, tal como era norma de gente bien nacida.

3.- Dada su categoría, y para conservar su reputación, acude nocturnamente a encontrarse con el Señor. La noche para la mayor parte de la gente, goza de mala reputación. Piénsese en los que creen que es obvio emborracharse, acudir a placeres más o menos ilícitos o, amparándose en la oscuridad aprovecharse para el hurto, etc. Para otros, entre los que me encuentro yo, y dicho sin orgullo, no es esto lo que pensamos. Os añado que el pueblo samaritano, siente un gran aprecio por ella. Señala cuatro de renombre y gozo. La de la creación del mundo, la del sacrificio de Isaac, la de la salida de Egipto y la de la venida del Mesías.

5.- Nicodemo debía ser de aquellos que conocen su encanto: el silencio, la pérdida de la noción del tiempo que nos atenaza durante el día, la facilidad con que uno siente confianza y se abre a la confidencia jubilosa. El aprecio que sentía el Maestro es de sobras conocido y que fue de noche, en Getsemaní, cuando dio el paso definitivo en el cumplimiento del encargo recibido por el Padre.

6.- El diálogo que nos recoge Juan, es una buena muestra de estas cualidades. Sorprende su estilo. Nicodemo, cuando se siente acorralado, acude a un argumento “ad absurdum” y le dice: ¿cómo va el hombre a poder volver a introducirse en el seno de su madre? Jesús le devuelve la pelota anunciándole misterios de Salvación. En un determinado momento apela a la ironía, cosa esta insólita y, que recuerde yo, solo en otro lugar la usa. Le expele con amable sorna a su interlocutor: tú, que eres maestro en Israel, ¿no sabes estas cosas? Imagino, es pura ocurrencia, que sonaba a algo así como: tú que te has doctorado en Jerusalén ¿no lo sabes? Ya lo ves yo, humilde diplomado en universidad provinciana, léase Sephoris, sí que lo sé. ¡Anda ya! (El otro momento que os decía el Maestro utiliza la ironía, lo encontraréis en Lc 20,4).

7.- Acude el Señor a un ejemplo muy conocido por un judío. Le recuerda la serpiente de bronce salvadora de las picaduras de las víboras del desierto, que diezmaban al pueblo peregrino. La imagen era de sobras conocida, culebritas mágicas de estas, encuentra uno por museos de la capital o del mismo desierto del sur. En la cima del monte Nebo, en la actual Jordania, por iniciativa de mi amigo, el sevillano, y para más inri de Triana, Fra. Rafael Dorado, se alza una enorme cruz entrelazada por una serpiente. Tal vez hayáis visto alguna fotografía de los dos Papas que por allí han ido y se han detenido a su lado. Retratarse queda muy bien y nadie olvida hacerlo, aunque muchos desconozcan el significado de aquella robusta cruz enmarañada por robustas varillas también metálicas Se le ocurrió al buen amigo franciscano, que unir cruz y reptil, era una buena manera de llamar la atención y conseguir que reflexionaran judíos y cristianos. Como pretendía el Maestro, al citar el pasaje del Antiguo Testamento. Pese a que ha habido grupúsculos que al grito de ¡viva Cristo rey! han acudido al ¡garrotazo y tente tieso! No es esto lo que pretende el Señor. Está en el mundo para salvarlo, lo proclama explícitamente en el pasaje de hoy.

Dice esto advirtiendo que Dios Padre le ha enviado para que ilumine, pero que algunos han preferido las tinieblas. Como el que se ha ensuciado el traje en el barro, prefiere marchar por sendas oscuras, donde sus manchas se hagan invisibles.

8.- El final del párrafo que leemos hoy, el que dice que el que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios, es semejante al de Mateo 5,16. Con humildad debemos reconocer que a la Iglesia le falta un buen ministerio de prensa y propaganda o funcionarios encargados de las relaciones públicas. Que siendo la organización más entregada al servicio de los pobres, tenga, entre algunos, mala prensa (no olvidéis ni dejéis de recordar a los demás, que allí donde hay un misionero, en cualquier parte del mundo, hay a su lado un hospital y una escuela, es un ejemplo que nadie os puede rebatir). Ahora pienso, mis queridos jóvenes lectores, que si bien Jesús nos pide que seamos astutos, tal vez esta nuestra incapacidad de dar testimonio, y de que sea conocido y aceptado, mientras mundialmente la Iglesia crece, evidencie mejor que es obra suya, obra divina, no consecuencia de iniciativas humanas, por doctos y ricos que puedan ser los que las tuvieren.

Pedrojosé Ynaraja, SJ

Bajar | 2º de Cuaresma

Esta tarde alguien ha utilizado conmigo una expresión extraña que no había oído en la vida. “Te llamaré antes, para que no tengas que estar bajao mucho tiempo”. Para que no tenga que estar esperando abajo, en el portal, mucho tiempo; esta sería la traducción más apropiada.

Este domingo la Iglesia nos presenta, en nuestro camino de Cuaresma, el relato de la Transfiguración. Es un relato difícil, raro, en el que no sabemos muy bien lo que pasa. Nos quedamos un poco en medio de la nube que relata el texto.
Pues a la invitación de la pastoral sumo dos palabras y pienso…

SUBIR.
Los apóstoles suben con Jesús. Este subir es para estar con él. Seguir a Jesús tiene mucho de subida por dos cosas sencillitas: porque cuesta. Si habéis tenido la oportunidad de buscar una cumbre, por pequeña que sea, os daréis cuenta de que no nacimos para subir, pero podemos hacerlo. Subir con Jesús es amoldar nuestro ser a su ser, y poner nuestras vidas al servicio del Reino. Y la entrega cuesta. Y tiene mucho de subida, en segundo lugar, porque llegas a la cumbre. Y mirar el horizonte desde arriba abre algo más que los pulmones. Los apóstoles suben y, según el relato, quedan sobrecogidos. Y esto es así porque son testigos de que en Jesús hay un Dios presente en medio del mundo. Es una experiencia de Dios cara a cara que sobrecoge e ilumina. Los apóstoles, como nos descubre Fano en el dibujo de esta semana, ven a Dios a través de Jesús.

ESCUCHAR.
Pedro quiere hacer tres tiendas. Y es que se está tan a gustito aquí arriba. La voz de Dios resuena en ellos mostrando quién es Jesús. Es el Hijo. Y hay que escucharlo.
Escucharlo no es sentarse cómodamente, plantarnos ahí y quedarnos. Escuchar es reconocer que Jesús tiene algo que decir en nuestras vidas, que su palabra es la Palabra, que podemos fiarnos de él y seguirle como le hemos seguido hasta Dios.

Y BAJAR.
Bajar es la palabra de esta semana. No es posible quedarnos a mirar, abrirse a Dios, al Dios trascendente, tiene que traducirse en bajar al mundo. Dios-que-se-hace en medio del mundo.
No podemos huir del mundo, vivir la margen de él protegidos por nuestros ritos, costumbres, normas… El mundo está ahí, es creación y revelación, y el mundo nos supera.
El que quiera quedarse dentro de la tienda puede ser que tenga la Gracia de contemplar a Dios. Pero se perderá a Dios, al Dios que habita en nuestros hermanos, en los jóvenes, en los que sufren, en los que buscan y siguen buscando…

Así que vuelvo al principio. Porque parece que ahora toca bajar, volver a un mundo que está sediento de Dios y del que la comodidad de mi tienda me estaba alejando.

Así que aunque me avisen, prefiero estar un tiempo ‘bajao’. Y buscar al Padre entre los que estamos abajo.

Cambiar | 1º de Cuaresma


"El Reino de Dios se ha acercado. Convertíos y creed en el Evangelio"
Mc. 1, 15

El seguimiento de Jesús comienza por la conversión. El Señor nos pide que dejemos nuestra manera de vivir para creer en lo que nos propone el Evangelio y cambiar de vida.
La conversión está en la médula del mensaje evangélico. Implica un cambio de camino, de mentalidad, de forma de vivir, de pensar, de creer, de amar.
Para vivir la conversión a la que nos invita Jesús en su Evangelio son necesarios cuatro pasos:

Revisar
la propia vida y la vida social que nos rodea:

• ¿Cuáles son los valores que mueven nuestra vida?
• ¿Cuáles son los valores que me propone la sociedad?
• ¿Qué situaciones hay en mi vida, en la sociedad que me rodea, que no tienen nada que ver con lo que Jesús propone?

Discernir por dónde pasa el Evangelio en estos días.

• ¿Por qué existen situaciones en mi vida que me alejan de Dios? ¿Por qué existen situaciones en la sociedad que producen injusticia, egoísmo, violencia y exclusión?
• ¿Cómo vivir para ser fieles al mensaje de Jesús?

Cambiar lo que nos aleja de Jesús y lo que impide que la sociedad se construya según los valores del Reino.

• ¿Qué debo cambiar en mi vida para vivir según el modelo que nos transmite Jesús?
• ¿Cuáles son las cosas a cambiar para que en la sociedad se construya el Reino de Dios?

Vivir el cambio que se descubre en la oración, la reflexión compartida, el discernimiento comunitario. Dejar que los hechos ocupen el lugar de las palabras. Cambiar con gestos, con actitudes, con decisiones que impliquen cosas concretas. Vida nueva...


Salesianos

Amigo de los excluidos | 6º del T. Ordinario

Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, despreciados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.
Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: "Dios hace salir su sol sobre buenos y malos". Así es él.

Por eso, a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: "No juzguéis y no seréis juzgados". Otras, narra pequeñas parábolas para pedir que nadie se dedique a "separar el trigo y la cizaña" como si fuera el juez supremo de todos.
Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de "hombre de Dios" comiendo y bebiendo animadamente con pecadores. Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: "Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores". Jesús no se defendió. Era cierto. En lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.
De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados.

Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero. Queda limpio». Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, sidóticos, inmigrantes, homosexuales...), o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.

En la sociedad judía, el leproso no era solo un enfermo. Era, antes que nada, un impuro. Un ser estigmatizado, sin sitio en la sociedad, sin acogida en ninguna parte, excluido de la vida. El viejo libro del Levítico lo decía en términos claros: «El leproso llevará las vestiduras rasgadas y la cabeza desgreñada... Irá avisando a gritos: "Impuro, impuro". Mientras le dura la lepra será impuro. Vivirá aislado y habitará fuera del poblado».

La actitud correcta, sancionada por las Escrituras, es clara: la sociedad ha de excluir a los leprosos de la convivencia. Es lo mejor para todos. Una postura firme de exclusión y rechazo. Siempre habrá en la sociedad personas que sobran.

Jesús se rebela ante esta situación. En cierta ocasión se le acerca un leproso avisando seguramente a todos de su impureza. Jesús está solo. Tal vez los discípulos han huido horrorizados. El leproso no pide «ser curado», sino «quedar limpio». Lo que busca es verse liberado de la impureza y del rechazo social. Jesús queda conmovido, extiende su mano, «toca» al leproso y le dice: «Quiero. Queda limpio».

Jesús no acepta una sociedad que excluye a leprosos e impuros. No admite el rechazo social hacia los indeseables. Jesús toca al leproso para liberarlo de miedos, prejuicios y tabúes. Lo limpia para decir a todos que Dios no excluye ni castiga a nadie con la marginación. Es la sociedad la que, pensando solo en su seguridad, levanta barreras y excluye de su seno a los indignos.

Hace unos años pudimos escuchar todos la promesa que el responsable máximo del Estado hacía a los ciudadanos: «Barreremos la calle de pequeños delincuentes». Al parecer, en el interior de una sociedad limpia, compuesta por gentes de bien, hay una «basura» que es necesario retirar para que no nos contamine. Una basura, por cierto, no reciclable, pues la cárcel actual no está pensada para rehabilitar a nadie, sino para castigar a los «malos» y defender a los «buenos».

Qué fácil es pensar en la «seguridad ciudadana» y olvidarnos del sufrimiento de pequeños delincuentes, drogadictos, prostitutas, vagabundos y desarraigados. Muchos de ellos no han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo. Atrapados para siempre, ni saben ni pueden salir de su triste destino. Y a nosotros, ciudadanos ejemplares, solo se nos ocurre barrerlos de nuestras calles. Al parecer, todo muy correcto y muy «cristiano». Y también muy contrario a Dios.

No hace falta haber leído mucho a Sigmund Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y muchas veces pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarles a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.

Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa».

Esta forma de vivir ante Dios es poco sana. Esa «culpa persecutoria», además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es la culpa la que moviliza su experiencia religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión. No es extraño que personas que han tenido una experiencia tan negativa un día lo abandonen todo.

Sin embargo, no es ese el camino más acertado hacia la curación. Es un error eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. Carl Gustav Jung y Carlos Castilla del Pino, entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás nunca se transformará ni crecerá como persona.

Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida, porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y conduce a vivir mejor y con más dignidad.

Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, que lo controla todo con ojos de juez vigilante sin que nada se le escape, la fe en ese Dios podrá generar angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sano y sanador, que impulsará a vivir de forma más digna y responsable.

La oración del leproso a Jesús puede ser estímulo para una invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: «Si quieres, puedes limpiarme». Esta oración es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.

J. A. Pagola

Él siempre me daba - Beato Manuel

Compañeros sacerdotes, queridos hermanos:

[...] El 25 de enero de 1909 moría en la ciudad de Tortosa el Beato Manuel Domingo y Sol. La crónica de la época recoge el gesto de una viejecita que se acerca a dar el último a Dios a Mosén Sol.

Todos los caminos –dice- se encuentran en Tortosa la tarde fría del 25 de enero...

Aquella viejecita, ajada de miserias, rugosa de años, agradecida de amor, ha llegado hasta el féretro, como muchos pobres, para besar las manos de D. Manuel. La viejecita ha llorado porque las manos de Mosén Sol estaban frías. Y camina torpemente por los pasillos bien sabidos del Colegio, donde siempre encontró eco positivo su desgracia.

Cruzaba un Operario, con prisa distraída en trámites de funeraria y luto de orfandad. Apenas se entera de que le han dirigido la palabra.

- Una limosna, por amor de Dios

Era la necesidad y era la costumbre. A la casa de Mosén Sol se iba a pedir con seguridad absoluta. Sigue caminando el Operario con obsesión de pena. La viejecita desilusionada, no reprime el impulso espontáneo. Sin acusar a nadie, bendice al bueno:

- ¡Él siempre me daba!...

Un hombre bueno y audaz. Así resume la figura del Beato Manuel Domingo y Sol uno de sus biógrafos. Un hombre bueno.

El siempre me daba. Decía aquella viejecita que hace un minuto besó las manos frías, que eran millonarias de cariño y larguezas. El siempre me daba. Era el panegírico de un santo por aclamación popular. Era la definición exhaustiva de Manuel Domingo y Sol.

Al comenzar la Eucaristía, también nosotros, como aquella viejecita, hemos hecho al Señor, por intercesión del Beato Manuel Domingo y Sol, la siguiente súplica:

“Oh Dios, que descubriste al Beato Manuel Domingo y Sol el profundo sentido de toda vocación, suscita por su intercesión decididos apóstoles de las vocaciones y generosas respuestas a tus llamadas”.

El sentido profundo de toda vocación y generosas respuestas a tus llamadas.

La lectura del Evangelio que se acaba de proclamar nos habla de llamada y de misión, de vocación. Nos dice que aquellos pescadores de oficio: Pedro, Andrés, Santiago y Juan se convierten en pescadores de hombres.

En todos los casos la vocación, la llamada arranca de Dios. De ese amor gratuito de Dios. Porque Dios es el primero en el amor. Esta es la gran verdad de nuestra vida y de nuestra fe. Lo que da consistencia y fundamento a nuestra existencia. No fue Pedro, ni Andrés… –hemos visto en el evangelio- quienes escogieron a Jesús, sino Jesús quien les escogió. Somos creados y salvados por amor. Y siempre seremos deudores del amor de Dios. Por eso, tenemos que aprender a dejarnos amar, a dejarnos trabajar por Dios, acoger por Él, perdonar continuamente por su poder. El Beato Manuel Domingo y Sol, como todos los santos -hombres de Dios- , experimentó en su vida esa experiencia de sentirse amado, querido por Dios.

¡Si amáramos a Dios! -decía-. Si estuviéramos poseídos de este amor, sin esfuerzo y con frecuencia se iría el pensamiento hacia Él y todo nos parecería poco.

Solamente quien se siente amado, quien experimenta en su vida a Dios como Dios del amor, se siente a su vez impulsado a amar a los demás.

Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a revelar este gran mensaje en nuestro mundo: Dios nos ama; nuestro mundo, aunque a veces lo parezca, no va a la deriva… Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo para que todo el que crea no perezca. Dios nos envió su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo (Jn 2,16-17).

Todos nosotros hemos sido llamados -vocacionados- Todos tenemos vocación y todas las vocaciones son necesarias e importantes. Todas se complementan. El bautismo nos iguala a todos dándonos la dignidad de Hijos –amados- de Dios. La Iglesia nos invita a todos a embarcarnos en la empresa de la evangelización. Laicos, sacerdotes, religiosos estamos llamados a anunciar el evangelio del Reino.

Los que sois laicos, estáis colocados con una vocación específica –EN- en el corazón del mundo. El campo propio de vuestra actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo del trabajo, de la familia, de la política, de lo social... Para ello es preciso lograr una adecuada integración entre fe y vida. Sería un contrasentido –como dice el concilio- vivir por una parte, la denominada vida “espiritual” –de puertas a dentro de la iglesia, en la intimidad- y por otra la denominada vida “secular”, es decir la vida de familia, del trabajo... como si nada tuviese que ver una con otra.

Nosotros los sacerdotes estamos llamados a convocar y vertebrar la comunidad cristiana, identificados con las actitudes de Cristo Buen Pastor que “no vino a ser servido, sino a servir”, que partió el pan, pero se dejó partir entregando su vida por nosotros, que estuvo al lado de los débiles y necesitados.
Que se haga proverbial –nos decía el Beato Manuel Domingo y Sol a los sacerdotes operarios-/ que al operario/ siempre se le encuentra para todo.../ Que no pueda decirse/ de un Operario/ que pudo hacer un bien y no lo hizo./

Debemos tener presente que vamos a dar , más que a recibir,/ sin buscarnos a nosotros mismos,/ manifestando/ nuestro desprendimiento/ y nuestros servicios en bien de los demás/ aun de las personas que menos lo hubieran merecido.
También son un don para la Iglesia las vocaciones de especial consagración. Aquellas personas que se han propuesto vivir en el día a día un seguimiento radical del Señor, siendo así parábola del Reino. De este modo son signo para los demás cristianos de que sólo Dios basta.

En definitiva, como también hemos escuchado en el Evangelio, todos en la línea de Jesús hemos de ser anunciadores y testigos de las bienaventuranzas.

Jesús llama bienaventurados a los pobres de espíritu, los que no cultivan una idea alta de sí mismos y no esconden su debilidad; felices los misericordiosos , que dan sin cálculos; bienaventurados los afligidos, que saben llorar con quien llora y no escapan ante el mal; bienaventurados los mansos, que no responden al mal con el mal y tienen un corazón desarmado y paciente; bienaventurados los que tienen hambre de justicia; que no aceptan el escándalo del mal; bienaventurados los limpios de corazón, es decir, los que no tienen malicia ni recelos; y bienaventurados también los perseguidos por causa de la justicia.

Estas palabras no se refieren al futuro. Jesús habla de una vida verdadera hoy. Nosotros que las escuchamos hoy nos siguen pareciendo alejadas de nuestra realidad y de nuestro mundo. Son palabras ciertamente irreales; tal vez hermosas pero ciertamente imposibles. Imposibles si no estuvieran avaladas por la vida de Jesús y de tantos de sus seguidores. Hoy Mosén Sol y todos los santos nos dicen que las bienaventuranzas no son una loca utopía. Que el Señor quiere para nosotros una felicidad verdadera, plena, fuerte que resista los cambios de humor y no se someta a los ritmos de la moda y el consumo. Por ello, la bienaventuranza plena, es una palabra fuerte y tan cargada de sentido que resulta demasiado diferente de nuestras satisfacciones insignificantes.

Todos somos invitados por Jesús a acoger la felicidad que El nos regala y ser testigos de su Evangelio en nuestro mundo. No importa lo que seamos ni que nuestra vida sea más o menos significativa. Porque como Mosén Sol decía:

No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero, más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos.

Río caudaloso o gota de rocío. Más brillante o más humilde, lo importante es que tomemos conciencia de que, como nos dice S. Pablo, formamos un solo cuerpo en el que todos los miembros son necesarios y ninguno puede sentirse ajeno al mismo.

Que ojalá nos conceda el Señor la gracia que le hemos pedido por intercesión del Beato Manuel Domingo y Sol: el sentido profundo de nuestra vocación. Él supo ser respuesta en el tiempo que le tocó vivir.

[...]

Esta gloriosa letanía de actividad y responsabilidad ardua sólo se explica porque las raíces del Beato Manuel Domingo y Sol se hundieron en la eficacia de la Eucaristía. Pocos años antes de morir cumple uno de sus sueños más acariciados, la inauguración del Templo de Reparación de Tortosa. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia, fue sin duda el centro de la vida de D. Manuel.

Esta es la fragua -decía- donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos.

Jesús Sacramentado ha de ser el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos.

Él sabía mucho de entrega y servicio a los demás, de sacrificio. Por eso llega a afirmar:

Aquel que no padezca, no es bueno. Aquel que está instalado está engañado. Aquel que se fatiga de padecer, no es bueno para este reino copioso de las gracias del Señor.

La Eucaristía que celebramos es como el monte santo donde escuchamos hablar al Señor, el púlpito de su palabra y el altar de su mesa hacia los que alzamos los ojos y, sobre todo, el corazón. Que el Señor ponga en nuestro corazón, como lo puso en el corazón del beato Manuel Domingo y Sol, la alegría del Evangelio para poderla difundir a nuestros hermanos.

Pidamos al Señor, para que nunca falten en la Iglesia respuestas generosas en la vocación laical, sacerdotal o religiosa que atiendan a la llamada de Dios que nos invita a ser testigos de su amor en medio de los hombres. Que así sea.

Rvdmo. P. D. Jesús Rico García
Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios

Homilía en Valencia, con motivo de la Fiesta de don Manuel, el 3 de febrero de 2007